16 feb. 2008

EL PASTOR

EL PASTOR
Autor: Sahú Castrillón

Aquella mujer de hermosa figura alada, lo miraba desde lo alto de un árbol, y él estaba petrificado por su presencia, parecía un ángel. Ésta de un solo salto, llegó hasta él y lo atrapó por la cintura elevándolo hasta una rama, al tiempo que sus facciones se iban transfigurando en un rostro deforme, que se acercaba a su cara. Impulsado como un resorte despertó temblando y miró a su alrededor, todo estaba en calma, y lentamente se dio cuenta de que sólo había tenido un mal sueño, y que se había quedado dormido después del almuerzo. Nunca olvido aquella pesadilla.

Sentado en el altozano, Jorge Humberto observaba cautelosamente la manada de ovejas que debían esquilar en las próximas fechas. Las conocía a todas por la constancia de verlas cada día, y tenía su oveja preferida de algunos meses de nacida que cargaba sobre sus hombros, podía nombrarlas a cada una, sabía cuales eran sus movimientos, sus balidos, sus costumbres y cabriolas, se esmeraba en el cuidado diario para llevarlas a pastar, y procurarles las mejores hierbas del campo.

A sus ocho años, era corta la edad para imaginar situaciones que no estaban en sus prácticas; aún en su pureza infantil, el amor era una incógnita, porque en su casa se hablaba del amor de Dios y sus condiciones morales, y en las calles de la pequeña comunidad escuchaba con especial atención a otros pobladores que hablaban de otro amor, el amor de las mujeres y los hombres, esta interrogante empezaba a ser parte imprescindible en él, ya que su trabajo en el campo era comparado con el mismo.

Recordaba a su padre que fue encargado en ese quehacer de tradición familiar, y que también había ejercido como pastor no sólo de carneros sino que además había sido el pastor evangélico de la colectividad cercana.

Los domingos era su día de ir a la escuela dominical de la iglesia, al mismo tiempo de su descanso y meditación para lograr la salvación de su alma, habiendo sido instruido en la rectitud de las sagradas escrituras en el pequeño templo donde celebraban el culto cristiano redentorista. Él también estaba predestinado, a que en cualquier momento, su ocupación sería continuar el compromiso eclesial como pastor de almas, y no del rebaño de ovejas que trasladaba a pacer como hasta el momento venía haciendo. Su hermano menor continuaría el oficio que él un día dejaría, para poder hacer lo que su alma y su corazón le dictaban.

En sus reflexiones pensaba que en algún momento su vida cambiaría, pues no quería seguir la tradición devota y rígida de su familia; no, él estaba llamado a hacer el bien que había aprendido, pero no en la comunidad donde se había criado, quería ir más allá y tener un poco de libertad, fue así como al cabo después de unos cuantos años, un día fue al seminario católico en el pueblo cercano para conversar con el abad que regía aquel convento.

Allí fue recibido por el clérigo rector de la institución religiosa, quien le preguntó por la tendencia y certeza de su vocación, y su disposición por entrar a una vida monástica, viniendo de otra comunidad no usual y protestante, y querer tener una relación en cuanto a la formación en la santa iglesia católica, apostólica y romana, a lo que él contestó, que allí era donde él quería servir en la humildad, y no en la rutina sin sentido de la formación que hasta el momento había tenido.

Fue admitido después de presentar algunos recaudos, no sin antes haber tenido una discusión familiar sobre su decisión. La aceptación se logró, pero sobre todo fue por su particular sabiduría que le hacía sobresalir en el conocimiento de las sagradas escrituras. A su ingreso, empezó a ser el novicio más ejemplar para los demás seminaristas.

Su figura delgada pero firme por el constante ejercicio corporal al aire libre del campo, contrastaba con un rostro de facciones sólidas y finas; el color de sus ojos agua marina y la profundidad de su mirada le daba un aire cautivador; sus labios carnosos hacían juego con una dentadura pareja y blanca; su nariz delgada y los negros cabellos combinaban con el hábito marrón que vistió en la primera semana de haber ingresado.

En los siguientes años, su vida cenobial se tradujo en el aprendizaje de lecturas filosóficas y eruditas de la doctrina canónica. Luego de su ordenamiento como sacerdote y haber hecho sus votos de castidad, y jurado ejercer el amor hacia el prójimo, fue asignado como párroco adjunto en una parroquia de otro estado del país, donde oficiaba y ejercía un anciano presbítero que se encontraba enfermo.

La relación entre los dos religiosos, cuando se conocieron, fue inmediatamente de una gran simpatía. Le fue asignada una mediana alcoba con todo lo necesario para permanecer por bastante tiempo, ya que el octogenario clérigo presentía que en cualquier momento tenía que rendirle cuentas a Dios como se lo manifestó una noche durante la cena.

Al domingo siguiente de su llegada, los habitantes de aquel pueblo estaban prestos a conocer al nuevo visitante, y más aún las mujeres, ya que se corrió como un reguero de pólvora entre ellas lo simpático y bello que era el nuevo cura. Las más ancianas tuvieron su recelo, ya que decían que un hombre adolescente en una iglesia era una tentación para las jóvenes.

Con el pasar de los meses empezó a familiarizarse con los devotos, era elocuente, vivaz, y lleno de confianza en su propia simpatía de poder agradarles; a las jóvenes les gustaba porque poseía una voz inusualmente rica. Comenzó a ejercer su labor pastoral llevando la comunión a los enfermos y consuelo espiritual a los oprimidos, cada vez era más cordial y abierto con todos, lo que le granjeó la simpatía de los pueblerinos que lo aceptaron como un ecuánime y buen hombre.

En estos menesteres recordó su oficio infantil en los prados de su progenitor, cuando cuidaba sus ovejas, sólo que ahora tenía una misión especial: salvar las almas que el señor había puesto en su camino. La decisión estaba tomada, sus ovejas serían aquellos a los que llevaría la palabra del evangelio, ellas serían la ofrenda a su Dios.

La iglesia se abrió como de costumbre a las seis de la mañana, para celebrar la primera de las siguientes liturgias del día, pero la misa de las doce del medio día era especial, ya que a esa hora los jóvenes tenían una ceremonia dinámica y alegre, en la que participaban entusiastas muchachos y muchachas que tocaban guitarras, panderos e instrumentos varios que animaban el santo oficio.

Aquella mañana el sol caía sobre la estancia, los ruidos de la calle se mezclaban entre el chisporrotear de los cirios encendidos, el sonido de las campanas y el llanto de algunos niños. Al subir al púlpito para la predicación, miró a su auditorio desde su sitio de observación y notó un pequeño grupo de chicas que lo miraban, mientras se codeaban y le sonreían una de ellas se movía nerviosa. Pensó que podía llamarlas familiarmente por sus nombres, ya por la costumbre de conocerlas, pero esta vez se fijó en las recién llegadas que no conocía.

Había entre ellas una que llamó su atención, y momentáneamente se dio cuenta de que aún no empezaba a predicar. Su indumentaria lo hacía ver imponente a pesar de su sencillez. Ese día escogió el tema del buen pastor, ya que con sus enseñanzas, los chicos podrían discernir entre el bien y el mal y evitar que el lobo entrara en el rebaño

Al finalizar el servicio, las personas se acercaban como de costumbre para saludarlo, pedirle consejos e incluso para ser invitado a alguna casa, ya que tener a un sacerdote en la casa se consideraba una bendición de Dios. Entre la concurrencia, el grupo de jóvenes también se acercó en medio de sonrisas y miradas escrutadoras, pidiéndole que fuera a su colegio para que hiciera una convivencia espiritual, a lo que él no se negó, prometiendo ir a hablar con la directora del plantel. Al finalizar se despidió de cada una.

Al día siguiente, la ama de llaves de la iglesia le notificó que una joven quería verlo. La recibió en su oficina, la recordó cuando la vió el día antes entre el grupo, ella era una muchacha de dieciséis años, llamada Diana, que se ofreció para ayudarle en la iglesia, a lo que él le dijo que no necesitaba a nadie, pues ya tenía a una señora que estaba encargada de los quehaceres, además que ella no estaba para eso sino para que estudiara. Ella insistió entonces en participar en el grupo de música, ya que afinaba muy bien, a lo que él le dijo que le parecía excelente idea, ya que quien cantaba oraba dos veces. Concluyeron su conversación en que los ensayos se iban a hacer en el auditorio de la iglesia y no en el colegio como se venía haciendo.

Luego de haber conversado con ella sobre algunos aspectos sin trascendencia, se despidieron, la vio irse por la calle abajo, mientras la observaba detalladamente deleitó su contemplación en aquel cuerpo hermoso y fresco, y en su mente quedó grabada su sonrisa, la mirada de sus grandes ojos negros y los senos turgentes que asomaban entre su blusa de colegiala. Se estremeció y respiró elevando los ojos al cielo pidiendo perdón por el desliz de su pensamiento, diciéndose a sí mismo que eso había sido algo efímero, al tiempo que la servicial señora lo llamaba a tomar un café.

Esa noche en su habitación, Jorge Humberto se dedicaba a la lectura, rutina que tenía antes de irse a dormir; al finalizar, se dispuso a acostarse y reposar su cuerpo para el día siguiente. Hizo sus oraciones de costumbre, pero al poner su cabeza sobre la almohada, la imagen de aquella chica que lo visitó en el día vino a su mente. La imaginó en su dormitorio en ese momento, en el que también estaría acostada, recordó su cuerpo nuevamente, y se dijo en voz alta: “No, no puede ser”. Otra vez empezó a orar para alejar aquel pensamiento, pero igualmente la imagen volvía una y otra vez, se imaginó la desnudez de su cuerpo, sus labios hermosos y pensó en poseerla y hacerle el amor; mientras era presa de estremecimientos eróticos, se levantó rápidamente y fue al baño a ducharse para hacer ablución de su cuerpo, abrió el grifo de agua fría y dejó que recorriera su humanidad corpórea.

Al salir, se fue a la sala y continuó leyendo, sin poder conciliar el sueño, hasta las cinco de la mañana. Ya era hora de levantarse, pensó en confesarse con el sacerdote y fue directamente por el pasillo a donde dormía para hablar con él, encontrándose en el camino con la señora que venía apurada, quien al verlo lo abrazó entre sollozos y le notificó que el anciano estaba muerto.

Las exequias se llevaron a cabo después de dos días de continuas ceremonias y visitas de grandes personalidades políticas y eclesiásticas, las campanas sonaron a réquiem para el entierro al que asistió el pueblo entero, y el pabellón nacional fue izado a media asta.

Días después, le llegó la notificación con el nombramiento como párroco general de la iglesia, por lo que sus responsabilidades eran mayores. Continuó en sus labores pastorales e incluso veía a Diana con especial interés como a su pequeña oveja, pero no con la frecuencia y el trato que tenía con los demás estudiantes asiduos, lo que a él le pareció normal y pensó que lo sucedido aquella noche no era más que una tentación momentánea.

Un día que venía de un campo en su jeep rústico, alcanzó a ver una muchacha que venía caminando por la solitaria carretera, la reconoció y se ofreció a llevarla, era Diana. Ella se subió y se saludaron cordialmente, estaba vestida con una falda corta, que dejaba al descubierto dos torneadas piernas, y una blusa transparente, que apretaba el volcán de sus senos; su rostro y sus labios pintados no pasaron desapercibidos para el joven cura. Ésta se mostró amable y sonriente con él; mientras conversaban sobre cosas rutinarias, él no pudo evitar mirarla y sintió que algo le mortificaba el espíritu. La dejó en la plaza principal y entró en el recinto de la iglesia.

Al día siguiente, Diana lo llamó por teléfono y concertó una cita con él en su oficina. La cuidadora de la iglesia no estaba allí ese día. Eran las tres de la tarde y la chica entró, se sentó y empezó a hablar sobre los ensayos, mientras él, de pie, se paseaba por el espacio del recinto. Diana le preguntó si alguna vez no había sentido ganas de salirse del sacerdocio y tener una novia, mientras se mostraba sugerente. Jorge Humberto se acercó y la asió tímidamente de la mano, a lo que ella no se resistió, y sostuvo la suya entre las de él. Este se atrevió, y la tomó por la cintura acercándola a su cuerpo, y sin mediar palabra se fundió en un beso al que ella correspondió.

Al separarse, él estaba pálido, mientras ella se reía y le preguntaba que si estaba asustado, él respondió que no, que sólo estaba confundido, y se hizo un mar de excusas, mientras ella le decía que estaba enamorada de él, total, para ella era un hombre, y eso solía suceder entre un hombre y una mujer que se gustaban, y ella se había dado cuenta cómo la miraba cada vez que estaba cerca. Él le pidió que no fuera a hacer comentarios sobre ese suceso. Al quedarse solo, las palabras de Diana quedaron en sus oídos transformando el latir de su corazón, pensaba que el amor estaba allí atravesado de confusiones, y él estaba transgrediendo su vocación, mientras observaba un cuadro del sagrado corazón de Jesús que lo miraba compasivo.

Los encuentros se sucedieron una y otra vez, hasta que un día él convino con ella en verse en otro sitio, y acordaron en verse en otra pequeña ciudad que estaba retirada del pueblo. El encuentro se dio y , una vez allí, alquilaron una habitación en un motel, donde dieron rienda suelta a su pasión juvenil, mientras se juraban amor eterno.

En las noches Jorge Humberto pensaba en ella, pero otras caras y otros cuerpos se apoderaban de su mente, estaba involucrado en el pecado de la carne y sus oraciones al espíritu celestial no tenían la fe de otras veces, y supo a ciencia cierta que en el fondo era vanidoso y orgulloso, y que el demonio de la lujuria se había apoderado de él; fue así como otras chicas pasaron por sus manos, por sus labios, por su cuerpo, en nombre del amor que predicaba.

Anteriormente, en el que sólo alguna madrugada del mes despertaba con la entrepierna húmeda y pegajosa; ahora en las noches sus sueños eran invadidos por imágenes que en su cerebro se transformaban en las representaciones pictóricas de alguno de los cuadros de la iglesia, donde algunos personajes como el de la Magdalena siguiendo a los apóstoles, cobraba vida, y ésta lo seducía con sus encantos, mientras él la desnudaba lentamente sobre alguna escalinata polvorienta, despojándola de cada uno de sus atavíos, para luego enfrascarse en una relación de besos y caricias, penetrándola una y otra vez, entre tanto que otros personajes del cuadro se transformaban en mujeres y hombres que los incitaban en su relación libidinosa, mientras el anciano sacerdote muerto tiempo antes, aparecía enérgico e imponente por una calle con unas enormes alas, y con el rostro similar al de aquel extraño ser de su sueño infantil, sólo que éste venía con un látigo en la mano, descargándolo contra él, castigándolo, para inmediatamente despertarse con su miembro viril firme, y posteriormente terminaba masturbándose. Atrás quedaban los baños de agua fría y las lecturas piadosas.

Una noche temprano, la cuidadora lo descubrió con otra chica que estaba en su oficina, y se abstuvo de decir algo pero se convirtió en una espía de sus movimientos, hasta un día en que se presentó sorpresivamente con Diana. Ambas mujeres vieron a Jorge Humberto acomodado en un mueble, acariciando el cuerpo de una muchacha, la criada le gritó que él era un demonio y que la pobre Diana era una víctima.

Esa noche, Jorge Humberto se fue del pueblo entre los insultos privados de las dos mujeres, porque no querían que las muchachas fueran motivo de un escándalo en el pueblo, y lo amenazaron con denunciarlo a las autoridades si no se largaba de allí, mientras a la adolescente le gritaron en voz baja que si no le daba pena.

Con el transitar del tiempo, en aquel pueblo se supo la verdad de la desaparición del joven sacerdote, y no faltó quien lo denunciara ante las autoridades del arzobispado general, mientras éste andaba en otro pueblo como oficiante de misas para enfermos y difuntos, donde fue ubicado y finalmente fue expulsado del círculo de la iglesia apostólica.

Jorge Humberto desapareció de los sitios donde había sido conocido y llegó a la capital, donde por sus conocimientos doctrinarios fue aceptado en una iglesia bíblica. Igualmente como en sus inicios sacerdotales, su simpatía y su presencia no pasaron desapercibidos para los fieles seguidores del evangelio, que le dieron la cordial bienvenida y el recibimiento que debía recibir todo cristiano o forastero que pasaba por la iglesia para cumplir con los mandatos espirituales del señor, que ordenaba recibir a los peregrinos como si fuese él.

Luego de ser hospedado en la pequeña casa anexa a la capilla, con el pasar del tiempo un día fue invitado a predicar y a conducir el culto dominical. Nada nuevo sucedía en la rutina de la congregación, ya que los asiduos y pocos asistentes eran personas de avanzada edad, hasta que empezaron a llegar algunos jóvenes a los que él había predicado en la calle. La iglesia fue creciendo en número de personas que se convertían al evangelio y eran bautizadas en un cercano río, como compromiso cristiano de ser un nuevo hombre en la fe.

Otra vez el joven pastor tenía un rebaño al que podía nominar uno por uno, y reinició sus aventuras amorosas con algunas jóvenes de la congregación que creían que al estar con él su vida espiritual sería más bendita, ya que él se había encargado de enamorarlas de esta manera y con su verbo convincente, hasta el día en que una de ellas, se resistió a ser seducida por él cuando éste intentó poseerla contra su voluntad, amenazándolo con denunciarlo.

Diana llegó a la capital buscando nuevas posibilidades de trabajo y estudio, su vida había cambiado, y se había convertido al evangelio. El domingo siguiente a su llegada se dirigió coincidencialmente a aquella capilla y su sorpresa fue escalofriante al ver a Jorge Humberto cerca del pastor principal, salió de allí espantadísima, mientras la otra chica que tuvo el altercado con Jorge Humberto salió detrás de ella para averiguar qué le había sucedido. Ésta le contó lo acaecido en su pueblo y las dos chicas entraron en confianza y una a otra se confesaron los acontecimientos.

El día siguiente era lunes. Una comisión de la policía especial llegó hasta la puerta principal del recinto religioso con una orden de captura contra el pastor adjunto de la iglesia evangélica, el cual fue llevado hasta los calabozos de la cárcel principal en medio de las protestas de algunas señoras que se encontraban con él.

Una vez declarado culpable y reconocido por las dos jóvenes, después de haber confesado su falta, se dio cuenta de que su repentina caída, se la atribuía a su vanagloria y jactancia; luego fue condenado a cinco años de presidio.

Su condición de pastor evangélico fue tomada por los presidiarios como un salvoconducto de privilegios. Una vez allí en el pequeño salón donde se reunían algunos hombres para orar, desde un improvisado podium, el pastor los observó. Nuevamente Jorge Humberto tenía otro rebaño. Posó su mirada sobre la pequeña concurrencia, mientras observaba a un joven recluso que llamó su atención, que lo miraba nervioso, y notó que no había empezado a predicar todavía.

ENCUENTRO EN LA TARDE

ENCUENTRO EN LA TARDE
Autor: Sahú Castrillón


Las nubes en el firmamento amenazan un torrencial aguacero. Mientras él camina rumbo a Bellas Artes, el olor a lluvia se siente en el aire, y la gente en la calle se apresura a caminar más rápido, buscando refugio ante las primeras gotas de agua. El tránsito en la avenida principal es lento, y el “palo” de agua es inminente.

En su cuerpo, siente el sofocón por la mezcla del calor y la humedad; poco a poco las partículas líquidas se desprenden desde lo alto en grandes cantidades, mientras el viento arrecia fuertemente, debido a los huracanes que azotan algunas zonas del caribe. Está detenido justamente a la entrada de un expendio de licores donde no puede mojarse. Una gran cantidad de gente está a su alrededor, todos allí bajo el mismo techo y una causa en común: Escampar.

Ahí acuden los adictos a las bebidas espirituosas, algunos de ellos, son personas de escasos recursos que van buscando su botella de aguardiente caña clara, siendo ésta la más barata, con la excusa de que hace mucho frío, mientras uno de ellos haciendo chistes, les ofrece a los allí presentes, un brindis, los que con educación, le dan las gracias y se voltean a mirar hacia otro lugar.

El gentío que no tuvo la oportunidad de guarecerse, tiene sus ropas mojadas pegadas al cuerpo, mientras corren para detenerse a la puerta del metro, lugar a donde debe dirigirse. Los conocidos del expendedor conversan algún tema en particular, mientras otros se unen al coro; sus voces suenan huecas en sus oídos, en medio del ruido infernal de la calle y el sonido de las cornetas de los carritos por puesto. Los hilos de agua, se deslizan por todos lados como reptiles buscando la salida. Él sólo piensa en ella, y en el encuentro que tendrán.

La cita se hizo para las cuatro de la tarde, a través de un encuentro virtual por Internet, pero por causa de la lluvia llegará retrasado, y el espacio que los separa son solamente cuatro estaciones de la línea férrea, ella está tan cerca, piensa, pero tan lejos a la vez, y la lluvia aún sigue cayendo. Mientras espera que el aguacero disminuya, para seguir su ruta, divisa por fin en el firmamento un resquicio que se abre lentamente en el cielo, anunciando el fin del chaparrón, es un paréntesis, un respiro en la cotidiana ciudad, al tanto que se libera el alma de angustias que se le enredan en ella cuando hay multitudes.

Se abre paso entre la gente para entrar al metro, pero es imposible, aún la gente tapona el acceso, hasta que por fin logra llegar al interior del mismo. Busca su ticket y se dispone a pasar la barrera divisoria, pero le toca hacer una larga cola, pues sólo hay un torniquete disponible, mientras por los altoparlantes anuncian un fuerte retraso del tren, hace pocos minutos ha habido un arrollamiento y se sugiere utilizar el transporte alterno.

Decide, que es preferible esperar el restablecimiento de la línea, para no pasar por la odisea de tomar un vehículo en esas circunstancias, cuando Caracas sufre algún embate del agua. Logra entrar al vagón, adentro hay un calor insoportable, el aire acondicionado no funciona, todos sudan como si se estuviera en un baño sauna.

El conductor anuncia su estación de destino, se baja en ella, y sale a la calle sorteando los charcos de agua sucia y putrefacta, que se ha formado en la calzada, cavila con desasosiego, en que ella pudiera haberse ido.

En ese mismo instante, ella sale de una clínica, con una carpeta bajo el brazo, luego de hacerse un chequeo cardiológico, y se dirige sobre la acera para cumplir con la cita convenida con él. Llega al sitio de encuentro; mientras un hombre de mediana edad, de camisa verde, que está allí parado, la mira con curiosidad. Ella se pasea de un lugar a otro mientras mira insistentemente su reloj. El hombre se queda embelesado viéndola, y con sorpresa ve como ella se desploma sobre la calle.

El encuentro es en Sabana Grande, y él es un alemán en eso de la puntualidad, y va retrasado. Baja por el boulevard apresurando el paso, y de nuevo, una lluvia fina empieza a caer, pero la lentitud de los peatones y el tránsito vehicular obstaculizan su caminar, aquello le parece una procesión del Nazareno en semana santa. Se resigna a no encontrarla, y a medida que se acerca al lugar, ve un corrillo de gente que se arremolina en torno a algo que no alcanza a observar, sólo escucha los comentarios de un individuo que dice:
-¡Pero no puede ser, la gente de hoy es muy intransigente!

Él va apartando a la gente lentamente para acercarse a mirar, y la ve frente a sus ojos. Allí está ella, derrumbada en la vía, con sus cabellos mojados, y sus pupilas abiertas sin expresión. Parece mirar hacia el infinito con un rictus de dolor en su rostro, sus partituras de música, y una radiografía están regadas por el piso.

Se aparta y pregunta tímidamente:
-¿Qué pasó?

Y coincidencialmente, aquel hombre de camisa verde que la vio momentos antes le responde:
-Es una chica que se murió de impaciencia.