2 nov. 2011

COLOMBIANOS EN VENEZUELA. RAÍZ, PATRIA E INTEGRACIÓN.

SAHÚ CASTRILLÓN Músico / Creador Colombo Venezolano

“Tal vez nunca haya sido fácil comprender nociones como raíz,

patria, pueblo, origen. En todo caso, no lo es en este dramático

Siglo XXI, en el que estamos aprendiendo a vivir”

(Antonio Novalón)

La migración de los pueblos, a través del tiempo, ha tenido su razón de ser, ya sea por el sueño de mejoras económicas, la aventura o el conocimiento. En la contemporaneidad, los inmigrantes tratan de mantener su identidad y tradición a través de su herencia ancestral. El asentamiento colombiano en Venezuela no escapa a la continuidad de sus costumbres.

La búsqueda del bienestar social a través de la convivencia con los demás seres humanos ha llevado a la creación de algunas comunidades en algunos rincones del mundo. En el caso de la migración colombiana, entendida como una vía de integración, según mi visión, debería estar impregnada de altos ideales, con el propósito de estar en el lugar apropiado, donde se pudiera vivir y crecer mejor. Debería ser algo más que un rincón próspero donde fundar una colonia, pero para lograr eso, debería haber una participación organizada y colectiva. En Venezuela, la colonia colombiana alcanza los casi 4.500.000 individuos diseminados por el territorio nacional dedicados en su mayoría al trabajo empresarial, comercial, agrario, asalariado, y en minoría, el cultural.

Muchos, al migrar de su terruño, cualquiera que sea su condición, se debaten entre el abandono del nido y su arraigo, conservar el legado que permanece en su memoria con la esperanza del retorno, o simplemente, salvaguardar lo único que queda de él: su individualidad. A la par, podría permitirse conocer nuevas formas de vida y la oportunidad de integrarse a nuevos ambientes como asiduo actor de la supervivencia, ya no desde lo individual sino desde lo colectivo. Esto se traduce a través de las asociaciones nacionales de inmigrantes que promueven la cultura, el deporte, el comercio, la gastronomía, así como también las tertulias espontáneas con sus coterráneos para socializar sus historias comunes.

“La Asociación Civil Colombianos en Venezuela”, según las palabras de su Director Nacional Juan Carlos Tanus, “Es un proyecto que fue creado por la comunidad migrante para desarrollar procesos de inclusión social y la organización desde la perspectiva de la condición humana, y como una necesidad ante la situación correspondiente frente al país, es decir, cómo desarrollar la mirada hacia Colombia desde el componente político social, cultural y económico, y también como una solución ante la ausencia de éste frente a la realidad del por qué migramos hacia Venezuela”.

Al preguntarle sobre las escasas condiciones de vida en que se encuentran muchos de los venidos al país, responde: “No es porque hayamos venido a buscar mejor futuro, si no porque hay una realidad en Colombia que golpea justamente la ausencia de puestos de trabajo, asistencia pública o educativa como producto del conflicto armado. Aquí no se percibe la realidad de que uno se vino a otro país, uno se siente tan costeño aquí, que esto pareciera una prolongación de la Guajira. La movilización hacia acá es muy fácil, contando con el hecho de que es más económico moverse de Barranquilla a Caracas que del Chocó a Bogotá. Si bien la motivación migratoria es económica en su contexto principal, eso los contrae de vincularse a las iniciativas ecológicas, culturales y políticas, incluso en lo económico social y colectivo. A pesar de que los procesos culturales entre ambos países son muy parecidos, sí hay grandes diferencias. La comunidad colombiana asume la doble condición, por ejemplo en navidad, de comer hallacas, pan de jamón, pero no deja pasar la oportunidad de hacerse de buñuelos, natilla, o tamales colombianos, manteniendo el proceso cultural colombiano, pero paralelamente, integrándose positivamente al venezolano”.

LA MÚSICA COMO IDENTIDAD.

En los diferentes sitios del país encuentro que estos inmigrados, conservan sus tradiciones más inocultables como es la música. La gran mayoría de la población de ellos proviene de la costa por lo que la mayor concentración de música es de tradición vallenata, mas no así los bambucos, pasillos y torbellinos tan característicos de las zonas andinas. Tanus nos habla acerca de ello. “Hemos tenido la oportunidad de tener programas de radio dirigidos a los colombianos como difusión del folclor, principalmente en las canciones de los compositores más tradicionales costeños como Rafael Escalona, y las músicas de las otras regiones, sin contar la música llanera que es la misma. Los músicos acordeoneros que viven aquí y mantienen su tradición, los podemos ver reflejados en Jeco y Julio Castillo, este último con una condición de maestro de continuidad tradicional y con una escuela para niños”. La proliferación de los sitios de esparcimiento de los colombianos, son los espacios donde se concentran como forma de reunirse en torno a su identidad más cercana. La existencia de agrupaciones musicales populares son muchas, pero no se destacan por la exclusividad de un trabajo sonoro característico a excepción de algunos músicos que mantienen un trabajo de concepto y excelente calidad entre los que destacan algunos como Claudia Calderón, Jorge Rivera, Gerardo Lugo, Palenque Son Karibe, Giovanni Ramírez y muchos otros.

LOS AFRODESCENDIENTES EN CARACAS

Quizás la población más profusa, son los afro descendientes de San Basilio de Palenque, y San Onofre. Estos últimos están en condiciones de arraigo muy precarias, según cuenta Juan Carlos, “Ellos no desarrollan la lucha por la construcción de una colectividad afro, son muy dispersos, pero sí mantienen la tradición de las comidas típicas de esa región, como el plato típico de los huevos criollos, el conejo y la icotea en algunos puestos en Petaré”. En cuanto a los palenqueros, estos sí han desarrollado a través de la familia Cabarcas Reyes en el oeste de Caracas, la organización social de los famosos “kuagros”, la conservación de la lengua Palenquera, reductos de la lengua Kikongo, hoy bien inmaterial de la humanidad y que según ellos, “Kuando a pueblo obbire lengua ese pueblo tá kabá”. De ellos son muy conocidos los famosos dulces de frutas, en especial las alegrías de coco y anís. Musicalmente, Daniel Cabarcas Reyes es uno de los responsables de la tradición y difusión de los tambores afrocolombianos.

CULTURA Y GASTRONOMIA

La pluralidad cotidiana en Caracas, da más oportunidad al colombiano para la recreación que el resto del país en cuanto a su pasatiempo. Tanus lo explica. “La recreación acá es de tradición muy sana, la migración no costeña, como los antioqueños, bogotanos y boyacenses, e incluso algunos llaneros, asisten más a los museos, librerías, van a conciertos, mientras que nosotros los costeños somos más dados a la diversión, a la fiesta, a la bulla y vamos a sitios como Chacaíto donde hay vallenato, porque en general somos muy diversos, hay excepciones, claro”. Uno de los bogotanos con una labor de formación literaria muy reconocido es Luis Darío Bernal Pinilla; en cuanto a deportes, el organizador futbolístico de la copa Colombia en Barinas, y Maturín es William Guerrero.

Entre las avenidas Panteón y Urdaneta, en Candelaria, se pueden ver letreros como: El Rincón Paisa, Delicias mi Gran Colombia, Los Abuelos. Estos son sitios de comidas y tentempiés típicos, y una serie de productos de tradición muy antioqueña, destacándose la bandeja paisa como uno de los platos más solicitados; los tamales vallunos y tolimenses, los pasteles costeños, el lulo y la curuba.

Finalmente, algunos colombianos, afirman que “si bien no somos iguales, sí somos muy parecidos, y uno se adapta al sitio y comparte sin traumas, pero la identidad original de lo propio debe prevalecer, al igual que un venezolano fuera de su país”.

Desde de mí veo un espacio en el que se apuntalen los cimientos de un país justo y libre en afinidad con los originarios.

Fuentes:

Castrillón, Sahú. De Medellín a Caracas, recopilando Cantos, 2007.

Entrevista a Juan Carlos Tanus, Noviembre, 2010

Revista Letras Libres. N’ 83, Noviembre, 2005

LA DINÁMICA CULTURAL COMO VÍA DE INTEGRACIÓN. COLOMBIA Y VENEZUELA.

Sahú Castrillón
Músico / Creador colombo venezolano y Director de Palenque Son Karibe


La trascendencia de la cultura ha sido de vital importancia en la coincidencia de los pueblos y su cercanía cualquiera que sea su ubicación geográfica. Cada país tiene su propia identidad, pero, ¿cómo conviven las tradiciones y sus semejanzas al cruzar sus fronteras? A Colombia y Venezuela es más lo que los une que lo que los separa.

A través de un sinnúmero de generaciones, la frontera colombo venezolana ha tenido una dinámica que se relaciona en todos los sentidos, especialmente el comercial y el de tradición familiar, que se profundiza en el acontecer, no sólo cotidiano, sino en la costumbre socio cultural y folclórica. Más allá está un país: Colombia, y de este lado, Venezuela. Dos países que convergen en similitudes y paralelismos que en su origen tienen una misma raíz.

¿Cómo se vive la cultura tradicional, ya sea musical, danzaria, o de oralidad a través de dos repúblicas coincidentes en su historia, dos países tan cercanos, pero tan distantes a la vez?

Separados desde 1830 a raíz de la rebeldía de un jefe militar, una frontera común percibe en un ir y venir, el desplazamiento de una serie de ideas, acentos y músicas que se adoptan casi como si fueran propias, narraciones y mitos que solamente cambian de nombre.

Una hermandad, hijos de una misma tierra que sólo divide una línea, un mismo idioma, costumbres similares, un mismo libertador, y ríos que nos son comunes. La frontera, según los politólogos se define como un espacio que puede generar contactos humanos y relaciones que se devienen en una interacción mutua o familiar. El límite no. El límite es una “línea que divide”, el que legalmente permite o no la circulación de su espacio.

Estos dos países son quizás los más idénticos en sus cuadrantes de saberes populares y de tradición. Nuestras afinidades trascienden más allá de simples afectos, a una realidad concreta. Lo de aquí y de allá nos brinda la oportunidad de coincidir en la materialización de géneros musicales que aún estando distantes nos acercan a su identidad, como es el caso de los bambucos del Eje Cafetero colombiano y que en los Andes venezolanos encuentra su par. Tampoco es extraño para un llanero colombiano de Arauca, encontrar su género musical gemelo en un joropo o un golpe de pajarillo.

Aún en medio de las diferencias culturales evidentes, podemos determinar las formas de vida de quienes transitan o se arraigan por largos periodos en ambos países, y notar que sus gustos son similares en la búsqueda de su entorno y su identidad. Por lo regular, en principio, los emigrantes tratan de ubicar su morada en tierras similares a las de su lugar de origen y terminan asimilando lo recién adoptado. Esto no es casual.

Un andino colombiano ubicará su lugar en zonas montañosas, los costeños buscarán sus símiles, mientras que un ciudadano buscará las grandes urbes. Son innumerables los parecidos entre colombianos y venezolanos. Si abordamos el concepto del arquetipo, en Colombia de acuerdo con el departamento o lugar de procedencia, se puede reconocer a unos más que a otros, exactamente como sucede en Venezuela, donde un andino es diferente a un margariteño, o a un llanero de un zuliano, pero que a la vez un andino colombiano puede ser confundido con uno venezolano. Lo mismo que con un llanero.

Trataré de resumir similitudes y concordancias de algunos géneros musicales y festividades mágico religiosas que permitan el acercamiento a esa conexión bilateral que tiene la evocación de sus ancestros y la necesidad de encontrar su propia forma de vida en eso que llamamos integración, o la forma de entender e interpretar la trama de la vida del otro, a pesar de su carácter limitativo y la diversidad de su propia idiosincrasia.

Los diferentes acentos de la música colombiana encuentran su similar en la música venezolana, ambas variadas en sus manifestaciones instrumentales, numerosas en su aplicación a la danza y al canto, así como los mismos signos de la diversísima geografía y la heredad de lo indígena, lo español y lo africano.

La llegada y sus parecidos
Al llegar a Caracas para mí no fue nada extraño el entorno que me rodeaba ya que su geografía y el carácter amable del caraqueño me identificó con mi Medellín dejado atrás. Con el tiempo, el ir y venir por los diferentes pueblos me permitió encontrar en mi primer viaje al Estado Apure, la semejanza del arpa, los capachos, el cuatro y el contrapunteo de los cantadores de joropo idéntico al de Villavicencio, donde se hermanan en un mismo sentir, melodías y tradiciones en los grandes festivales binacionales de música la llanera.

En mi niñez escuché en la radio piezas llaneras que interpretaban los “cantantes de moda” como Ariel Rey y Arnulfo Briceño, al estilo de Juan Vicente Torrealba. Cuando tuve la oportunidad de conocer la raíz llanera en su origen, su creatividad e interpretación tradicional llena de sabiduría, vi que aquello no tenía nada que ver con la pureza interpretativa de un Luis Quinitiva o Pedro Flores, el mejor bandolista y fundador del Festival Internacional de Bandola en Maní, Casanare, o con Anselmo López en Barinas.

Una vez en Medellín, al preguntarle a un músico llanero de qué parte era, lo resumo en la apreciación de Miguel Gómez: “Somos el mismo llano, el mismo morichal, la misma palma. Somos el llano mismo en cada copla, en el arpa, en el cuatro y las maracas…” La verdad es que la Periquera, el San Rafael, el Merecure, están muy emparentados y muchos de los temas confunden, por fortuna, la nacionalidad. Así mismo, la Danza, los platos típicos como la carne asada, el picadillo criollo, la cachapa, el pisillo de chigüire, el paloapique y los quesos son normales en ambos lados.



Apure y Táchira son quizás las dos entidades más idénticas en esta la situación geográfica por su cercanía. Ambas geografías no difieren mucho en sus estructuras. Si un forastero atravesara la línea de separación sin darse cuenta, no podría decir exactamente en que país se encuentra. Si escuchara un Vals, un Pasillo o un Bambuco sin ser músico, tampoco podría diferenciar mucho, ya que en Colombia, el Pasillo tiene la misma métrica que el vals criollo venezolano, y su organología musical se basa en los instrumentos europeos como la Guitarra, la Mandolina, el tiple, el Violín, la Bandurria o Bandola andina, y en el caso venezolano, el agregado del Cuatro.

Los carnavales no podrían pervivir si no fuera por sus músicas, sus disfraces y su alegría. En eso tampoco nos diferenciamos ya que al estar en una comparsa en el Callao es casi lo mismo que estar en Barranquilla o San Andrés, excepto que en Barranquilla, el ritmo de los tambores afro tradicionales tiene más presencia que en la Isla de San Andrés donde el Calipso es la música por tradición. Este género musical de raíz antillana cantada en Creole, Patois, Inglés o Francés, tiene la misma métrica de cuatro tiempos tanto en el Callao como en la Isla, sus diferencias se encuentran en la instrumentación, especialmente en Venezuela donde sufrió una transformación diferente al ritmo originario con la incorporación del cuatro y el coro, y que su entorno geográfico se sitúa más hacia los márgenes del río que hacia lo costero.

La situación sucede al revés en Valledupar, tierra originaria de la música vallenata y el sector de la Vela de Coro. La similitud de los sonidos de la caja vallenata se encuentra en perfecta armonía con el tambor veleño que posee una ejecución más rápida y de marcada exigencia en la habilidad del ejecutante. Mientras el Tambor veleño se alegra en las fiestas navideñas, la puya vallenata se destaca en las competencias de los festivales de la leyenda vallenata en el mes de abril. Si alguien no sabe diferenciar estos dos géneros, podría pasar desapercibido si es tocado en alguno de los dos espacios geográficos, ya que su ejecución resume el tiempo del seis por ocho.

Lo afro binacional
Tatiana Gómez, bailarina venezolana, me contó que estando en la costa colombiana escuchó una gaita que tenía los mismos pregones de la Gaita de Tambora del Sur del Lago de Maracaibo que hablaba de “Paloma te fuiste volando”. Ella, muy orgullosa, le decía a los nativos de allí, que eso era de su tierra, y aquellos le explicaban: “No Tatiana, eso es de la zona del Atlántico y es tradicional nuestro”. Concluía Tatiana: “Tenemos que asumir que somos zonas no geográficas, sino zonas culturales; detalles como nuestra fisonomía, la manera como nos relacionamos nos indica eso, que sólo nos dividen puntos geográficos. Culturalmente somos la misma gente”.

Y es que la similitud de la Gaita de Tambora con la Gaita colombiana se iguala en su estructura instrumental, ambas tamboras tienen los mismos amarres para su afinación. Los tambores Alegre y Llamador se afinan por tensión a través de mecates y cuñas de madera, al igual que el Tamborito zuliano.

En cuanto a sus melodías, la Gaita colombiana es instrumental, la que a su vez se convierte en Cumbia cuando se vocaliza, mientras la Gaita del Sur del Lago es cantada. Su sonoridad es muy afín y aproximada en su estructura musical, por lo que ensambla perfectamente con la cumbia, y ésto lo hemos probado con Palenque Son Karibe en la integración de ambos géneros mediante la integración de los tambores sin que ellos pierdan su identidad en lo que hemos llamado el ritmo Cumga.



Así mismo, esto que nosotros denominamos integración y no fusión, lo hemos experimentado con los golpes de tambor de San Millán con Herman Villanueva, Nancy Hernández, y los golpes del tambor Seresesé colombiano, de allí salió el Seremillan.

Igualmente, nuestro encuentro con los tambores redondos de Guatire y la fraternidad de Oscar Muñoz y Ernestina “La Ñeta” Ibarra, nos dio la pauta para encontrar dos formas de tambores tan diferentes, pero tan similares en su concordancia sonora, derivándose de allí, cantos que se emparenten con los cantos de la Puya afro tradicional colombiana.

No menos importante es lo que sucede con la Gaita de Furro y el Currulao de la Costa Pacífica, que al igual que la Puya vallenata y el tambor de Falcón, condensan su medida en el tiempo del seis por ocho. El paseo vallenato a pesar de sus distancias encuentra su similar en el joropo con estribillo, del Estado Sucre, así como el tambor Pujao de la fulía Barloventeña se asemeja a la tambora del Sanjuanero en el Departamento del Huila. Lo mismo sucede con el Galerón Margariteño y el Torbellino Boyacense.

El Sabor
Los saberes y los sabores de lo gastronómico no pueden quedarse sin el aderezo de lo cotidiano, ni lo atractivo al paladar cuando se visita uno de estos dos países. Dos de los platos más famosos y que se asemejan en su preparación son: La bandeja Paisa y El Pabellón Criollo. Las arepas son infaltables en Medellín, los Sancochos no podrían diferenciarse, mientras que sí lo son los Tamales y las Hallacas en sus condimentos. El dulce de Cabello de Ángel venezolano, tiene su mismo gusto y producto en el dulce de Vitoria, mientras que el Majarete allá se llama natilla, y los buñuelos, allí, en vez de ser de yuca, son de queso.

Testimonios de lado y lado
"Jamás recibí un maltrato en Colombia (…) mientras besaba cada semana mi bandera y cantaba mi himno, aprendí a entonar también el Oh Gloria Inmarcesible". (Lil Rodríguez).

"Yo nunca pasé por venezolana en Cartagena, creían que yo era de Barranquilla". (Tatiana Gómez).

Ser venezolano o colombiano, forma parte de un proyecto enunciado en las diferentes formas en que lo imaginario y la memoria se han construido a través de la historia, imágenes que tienen implicaciones sociales, culturales y políticas que deberían mirarse, mucho más detenidamente para reubicar las relaciones binacionales. (Elizabeth Zamora).

"Colombia y Venezuela son dos países hermanos que deben apoyarse mutuamente. Gracias al vallenato me enamoré del que hoy es mi esposo, que es colombiano". (Marisol Medina).

“La única división es política. Somos hermanos de sangre. (María Mulata, Cantante colombiana).

“Los llaneros somos uno solo, así como el llano es uno solo. Una sola extensión de tierra que viene desde los llanos del apure venezolano, hasta los llanos orientales de Colombia” (Músico llanero de San Martín, Colombia).

"Yo siento que los venezolanos y los colombianos tenemos mucho en común. Compartimos un mismo espíritu a pesar de que los ritmos puedan ser distintos. Me inspira mucho el compartir con mis hermanos de Venezuela". (Claudia Gómez, cantante colombiana).

Finalmente, creo que la integración debe ser utilizada para ennoblecer y cultivar el buen gusto y la sensibilidad de un país.

Fuentes consultadas.

Abadía Morales, Guillermo. Compendio General del Folclore Colombiano.

Campo Miranda, Rafael. Crónicas Didácticas sobre el Folclor de Colombia.

Castrillón, Sahú. De Medellín a Caracas, Recopilando Cantos, 2007.

Revista Semana. Colombia. 20 de Febrero 2006.

Rodríguez, Lil. Bailando en la Casa del Trompo, Edit. El perro y la Rana, Caracas, 2007.

Sojo, Juan Pablo. Estudios del Folclor Venezolano. 1986.

Zamora Cardozo, Elizabeth. Vidas de Frontera. Ed. Tropikos, Caracas 2006.

El poder no tiene amigos

MARSOLAIRE QUINTANA

marsolairequintana@...


Al Robert, que conocí

Felices los que jamás han tenido un amigo en un cargo de alta
responsabilidad pública, pues como Confucio afirmaba, “el poder no corrompe; el poder desenmascara”.

Quienes otrora estuvieron presentes en la tertulia cotidiana, organizando las pequeñas fiestas anónimas de cada viernes o haciendo a nuestro lado las filas de alguna función de cine, ya no estarán más a partir de un nombramiento.

Son pocos los que logran salir ilesos de ese paseo por las ramblas de la jerarquía.

Con cuánta ingenuidad la mayoría de las personas imagina que el amigo, el panita camarada de hasta ayer, continuará atendiendo sus llamadas, reirá como siempre las tonterías graciosas que antes veían en las calles de la ciudad. Pero no, comienzan a juzgar a los otros desde su propia manera de ver la vida. Empiezan en muy poco tiempo a develar un rasgo de su carácter que habíamos pasado por alto porque, en fin, a los amigos se les “pasa todo”.

Si se les llama, se niegan a atender pensando que se les va a pedir algo. Si se les solicita ayuda, piensan que es dinero. Si se les exige que pongan los pies en la tierra, comienzan a insinuar que lo único que uno desea es aguarle la fiesta. Si se les dice que el cargo se les subió a la cabeza, sienten que hay, por medio, una profunda envidia.

Preferible pelearse con los amigos, encolerizarse hasta llegar a las manos, que dejar morir la relación en los bajos fondos de la amargura y el resentimiento. Preferible, porque las consecuencias de una buena discusión, de un encontronazo, girarán siempre alrededor del motivo que los suscitó. Uno se queda, al menos, con una idea clara de lo pésimo del momento.

Pero cuando las relaciones se diluyen por este tipo de alejamiento, pues ahí cambia todo: entonces los buenos recuerdos se transforman en actos de desmenuzamiento del otro. Y se comienza a hilar, a hilar muy fino, con todos los detalles de los actos antiguos. Se comienzan a rememorar los ápices de saña, envidia, desencuentros, egoísmos, interés y arribismo -reales e inventados a esta altura del desencuentro- que el otro demostró en pretérito imperfecto.

Sin embargo, felices también los que a este tipo de desencuentro no sucumben. Felices los que se mantienen siendo amigos de sus amigos, aunque éstos vivan sumidos en su ilusoria jactancia.

Felices los que esperan al final de la rampa, con el corazón limpio y sin rencores, el regreso del amigo. Y es que si no regresan del pasajero poder del dominio, igual recordarán con nobleza la belleza y la gracia de los instantes vividos.

Todo cambia y todo fluye. Si la luz le cede paso a la oscuridad, y ésta a un nuevo amanecer, ¿por qué no habríamos de comprender que las mieles del poder de hoy, serán las hieles de la desilusión mañana? El amigo con poder en la actualidad, será, seguro, el hombre desnudo, expuesto y fatigado del próximo viernes.

El amigo que tuvo poder, pero que en ese ínterin no tuvo amigos, regresará con miedo. Será un quemado, porque nadie sale ileso de esa flama. Regresará con las excrecencias llagadas, buscando alivio. Allí, en la barra del mismo bar de toda la vida, alguien lo esperará. Allí estará, como siempre, el único sobreviviente del diluvio de desprecios y desplantes, olvidos y lamentaciones.

Allí estará el verdadero amigo, el que en medio de todo el pus, la mierda y la bilis brota como un islote seguro. Un amigo con poder no debe tener amigos. Debe usar lo que ahora tiene para hacer el bien, y el bien será apartarse de los suyos para no involucrarlos en la cegadora luz del mando.

Es una decisión que debiera estar fundamentada en el amor fraternal y no en la paranoia. Pero para eso hace falta un corazón y una mente superior, saber que lo que se hace es parte de su responsabilidad con el mismo poder que se le confiere: cien amigos son bastante, pero un enemigo es demasiado. Y en los cargos decisivos, la maledicencia es gratuita.

Felices aquellos que no tienen un amigo con poder. Felices los que, teniéndolo, saben aguardar su regreso. Felices los que acogen con amoroso perdón a quienes vuelven. Pero, por sobre todo, felices los que jamás tendrán poder, porque de ellos será el reino de la belleza.

Chaplin, Marceau…Sahú y Facundo Cabral



Venían acompañándose el uno al otro. No lo dije entonces, ni podría decir ahora que había contrafiguras. Y es que esa visita primera de Alberto Cortez y Facundo Cabral juntos marcaba la igualdad para la mística y la valentía de asumir el camino de la felicidad.

Fue ese, “Lo Cortez no quita lo Cabral” un concierto único, lleno de aplausos, llantos y sonrisas para quienes compartimos el privilegio en el Teresa Carreño.

Quien escribe salió de aquél concierto rumbo al teclado a escribir la crónica. Recuerdo perfectamente que compartí con miles la sensación de haber ido a un concierto a encontrarme un poco con el pasado estudiantil lleno de consignas y pintas libertarias, y canciones de protesta y mayo francés y todo eso, y habia salido, como miles, convencida de que había ido a un preámbulo del futuro, a un prólogo de la dicha de sabernos vivos.

Percy Llanos, su representante, se ocupó entonces de hacerme conocer que tanto a Alberto Cortez como a Facundo Cabral les había gustado mucho ese escrito y solicitaban permiso para emplearlo en algún otro lugar del mundo. Además me invitaban a la última jornada de concierto. Alberto para saludarme. Facundo para conocerme. El permiso de publicación por supuesto que fue concedido de por vida, pero no acudí a la cita, por causas materiales. Facundo, entonces, me dejó uno de sus libros, autografiado.


A Alberto Cortéz le conocía bastante. Habiamos compartido en mi programa radial de medianoche en Caracas, y habiamos pasado juntos un huracán en Cuba. Incluso me tocó estar en aquél concierto interrumpido por la noticia de la muerte de su padre. Conversaciones y recuerdos hay.

A los pocos años regresó Facundo. Estaba solo y cargaba otra responsabilidad encima como agente de Paz en el mundo. Por supuesto que acudimos a saludarle. En ese momento estaba quien escribe al frente de unos micros musicales en Televen. Nos acercamos con las cámaras para darle la mano, ésta vez sí, al querido cantor argentino. Percy le recordó: “Fue ella quien escribió aquella nota que te gustó tanto”. Una sonrisa amplia y un abrazo hubo antes de las palabras hacia esta escribidora.

Conversamos en función de sus presentaciones y de sus expectativas con la paz del mundo. Fue entonces cuando abrí mi bolso y saquén un pin, un prendedor artesanal de los que hace Sahú Castrillón para venderlos en las adyacencias del Museo de Bellas Artes de Caracas. Era un pin con la figura de Charles Spencer Chaplin, genio de la dignidad en el mundo.


“Tome” le dije; “es para usted”. Y le entregué el pequeño presente.

Facundo Cabral tomó la imagen de Chaplin en sus manos y sonrió. “Ay, Carlitos, Carlitos…” y entonces me obsequió una vivencia.

“Estaba yo en Buenos Aires cuando anunciaron la presentación de Marcel Marceau. No lo podía creer que fuera a conocer a alguien que era mi ídolo. Y efectivamente lo fui a ver. Y lo ví y salí corriendo a buscar todos mis poemas y todos mis escritos y regresé igualmente corriendo y me aposté por la entrada por donde suponía debía salir Marceau del teatro luego de su presentación. Así fue. Cuando lo tuve a una buena distacia corrí y deposité a su pies todos mis papeles, mis letras, mis intentos, y le dije: ” Luego de verle a usted, señor Marceau comprendo que no soy nada”. Acto seguido Facundo Cabral me dijo que prendió fuego a los papeles donde esta volcada toda una etapa de su vida creativa.


Y contó Cabral que Marceau iba con su mirada del fuego al rostro de Facundo, y del rostro de Facundo al fuego, hasta que le dijo: “Hace bien: yo hago exactamente lo mismo cada vez que veo una película de Chaplin”.

Fue todo un honor que Cabral nos contara esa anécdota con tanto cariño y hasta nostalgia. Luego de ello guardó con cuidado el pequeño pin de Chaplin que le había regalado. Me sentí feliz por mí, por Sahú el artesano, por Marceau (ya desaparecido, lamentablemente) y por Chaplin y su vigencia.

Luego, por esas cosas de la vida, me tocó llevarlo de la mano hasta donde estaba Pablo Milanés, quien recien terminaba de presentarse en el Teresa Carreño. Cabral fue a darle aliento en la enfermedad a Pablo, y Pablo se sintió feliz por ese encuentro.

A los pocos días cuando ya Cabral se había marchado luego de sus presentaciones, acudí a ver a Dalila Colombo, para conversar de Tangos y de músicos. Llegamos a su casa y en una de esas, con café en mano, Facundo Cabral se hizo tema de conversación. Entonces Dalila, muy feliz, fue a su cuarto y regresó con un pequeño pin de Chaplin. Asombrada, por aquello de las coincidencias, pregunté por ese pequeño prendedor. “Me lo regaló Facundo Cabral”.

Me quedé pensando en que exactamente Cabral compartía todo y no se quedaba con nada. Era un poema viviente a la consistencia de sus convicciones, y en el arca de sus vivencias no había nada material y sí un universo de reflexiones.


En 2009 que Facundo Cabral volvería a Venezuela, para hacernos tropezar de nuevo con una de las mejores opciones del mundo: la de la alegría. Siempre dijo querer a nuestra patria porque, como pasó con muchos cantores durante las décadas de los sesenta y setenta, era donde se había multiplicado internacionalmente su propuesta de paz.

Decía Cabral: “Cada mañana es una buena noticia”. Menos hoy cuando la sangre de Facundo se ha derramado en Guatemala, tal vez para conjurar a los demonios y hacer Facundo Fecundo al hermano país que sufre hoy como todos en el continente ante este desgarramiento de la sensibilidad libertaria a manos de la perversidad.

Nunca imaginamos que podría morir por obra de las balas a las que tanto combatió y mucho menos que pudiera morir a las puertas de una estación de bomberos.

“Bombero, bombero, yo quiero ser bombero…”

Paz eterna a quien tanto cantó por ella.


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Una respuesta a Chaplin, Marceau, Sahú... y Facundo Cabral

  1. El pin de Chaplin, soy sobrina de Sahú, cuando era niña me quedaba horas y horas compartiendo con el mientras el me ensañaba sus artes, que pequeño es el mundo y a que manos han ido a parar simbolismos que tanto me marcan.

Chaplin, Marceau…Sahú y Facundo Cabral



Venían acompañándose el uno al otro. No lo dije entonces, ni podría decir ahora que había contrafiguras. Y es que esa visita primera de Alberto Cortez y Facundo Cabral juntos marcaba la igualdad para la mística y la valentía de asumir el camino de la felicidad.

Fue ese, “Lo Cortez no quita lo Cabral” un concierto único, lleno de aplausos, llantos y sonrisas para quienes compartimos el privilegio en el Teresa Carreño.

Quien escribe salió de aquél concierto rumbo al teclado a escribir la crónica. Recuerdo perfectamente que compartí con miles la sensación de haber ido a un concierto a encontrarme un poco con el pasado estudiantil lleno de consignas y pintas libertarias, y canciones de protesta y mayo francés y todo eso, y habia salido, como miles, convencida de que había ido a un preámbulo del futuro, a un prólogo de la dicha de sabernos vivos.

Percy Llanos, su representante, se ocupó entonces de hacerme conocer que tanto a Alberto Cortez como a Facundo Cabral les había gustado mucho ese escrito y solicitaban permiso para emplearlo en algún otro lugar del mundo. Además me invitaban a la última jornada de concierto. Alberto para saludarme. Facundo para conocerme. El permiso de publicación por supuesto que fue concedido de por vida, pero no acudí a la cita, por causas materiales. Facundo, entonces, me dejó uno de sus libros, autografiado.


A Alberto Cortéz le conocía bastante. Habiamos compartido en mi programa radial de medianoche en Caracas, y habiamos pasado juntos un huracán en Cuba. Incluso me tocó estar en aquél concierto interrumpido por la noticia de la muerte de su padre. Conversaciones y recuerdos hay.

A los pocos años regresó Facundo. Estaba solo y cargaba otra responsabilidad encima como agente de Paz en el mundo. Por supuesto que acudimos a saludarle. En ese momento estaba quien escribe al frente de unos micros musicales en Televen. Nos acercamos con las cámaras para darle la mano, ésta vez sí, al querido cantor argentino. Percy le recordó: “Fue ella quien escribió aquella nota que te gustó tanto”. Una sonrisa amplia y un abrazo hubo antes de las palabras hacia esta escribidora.

Conversamos en función de sus presentaciones y de sus expectativas con la paz del mundo. Fue entonces cuando abrí mi bolso y saquén un pin, un prendedor artesanal de los que hace Sahú Castrillón para venderlos en las adyacencias del Museo de Bellas Artes de Caracas. Era un pin con la figura de Charles Spencer Chaplin, genio de la dignidad en el mundo.


“Tome” le dije; “es para usted”. Y le entregué el pequeño presente.

Facundo Cabral tomó la imagen de Chaplin en sus manos y sonrió. “Ay, Carlitos, Carlitos…” y entonces me obsequió una vivencia.

“Estaba yo en Buenos Aires cuando anunciaron la presentación de Marcel Marceau. No lo podía creer que fuera a conocer a alguien que era mi ídolo. Y efectivamente lo fui a ver. Y lo ví y salí corriendo a buscar todos mis poemas y todos mis escritos y regresé igualmente corriendo y me aposté por la entrada por donde suponía debía salir Marceau del teatro luego de su presentación. Así fue. Cuando lo tuve a una buena distacia corrí y deposité a su pies todos mis papeles, mis letras, mis intentos, y le dije: ” Luego de verle a usted, señor Marceau comprendo que no soy nada”. Acto seguido Facundo Cabral me dijo que prendió fuego a los papeles donde esta volcada toda una etapa de su vida creativa.


Y contó Cabral que Marceau iba con su mirada del fuego al rostro de Facundo, y del rostro de Facundo al fuego, hasta que le dijo: “Hace bien: yo hago exactamente lo mismo cada vez que veo una película de Chaplin”.

Fue todo un honor que Cabral nos contara esa anécdota con tanto cariño y hasta nostalgia. Luego de ello guardó con cuidado el pequeño pin de Chaplin que le había regalado. Me sentí feliz por mí, por Sahú el artesano, por Marceau (ya desaparecido, lamentablemente) y por Chaplin y su vigencia.

Luego, por esas cosas de la vida, me tocó llevarlo de la mano hasta donde estaba Pablo Milanés, quien recien terminaba de presentarse en el Teresa Carreño. Cabral fue a darle aliento en la enfermedad a Pablo, y Pablo se sintió feliz por ese encuentro.

A los pocos días cuando ya Cabral se había marchado luego de sus presentaciones, acudí a ver a Dalila Colombo, para conversar de Tangos y de músicos. Llegamos a su casa y en una de esas, con café en mano, Facundo Cabral se hizo tema de conversación. Entonces Dalila, muy feliz, fue a su cuarto y regresó con un pequeño pin de Chaplin. Asombrada, por aquello de las coincidencias, pregunté por ese pequeño prendedor. “Me lo regaló Facundo Cabral”.

Me quedé pensando en que exactamente Cabral compartía todo y no se quedaba con nada. Era un poema viviente a la consistencia de sus convicciones, y en el arca de sus vivencias no había nada material y sí un universo de reflexiones.


En 2009 que Facundo Cabral volvería a Venezuela, para hacernos tropezar de nuevo con una de las mejores opciones del mundo: la de la alegría. Siempre dijo querer a nuestra patria porque, como pasó con muchos cantores durante las décadas de los sesenta y setenta, era donde se había multiplicado internacionalmente su propuesta de paz.

Decía Cabral: “Cada mañana es una buena noticia”. Menos hoy cuando la sangre de Facundo se ha derramado en Guatemala, tal vez para conjurar a los demonios y hacer Facundo Fecundo al hermano país que sufre hoy como todos en el continente ante este desgarramiento de la sensibilidad libertaria a manos de la perversidad.

Nunca imaginamos que podría morir por obra de las balas a las que tanto combatió y mucho menos que pudiera morir a las puertas de una estación de bomberos.

“Bombero, bombero, yo quiero ser bombero…”

Paz eterna a quien tanto cantó por ella.


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Una respuesta a Chaplin, Marceau, Sahú... y Facundo Cabral

  1. El pin de Chaplin, soy sobrina de Sahú, cuando era niña me quedaba horas y horas compartiendo con el mientras el me ensañaba sus artes, que pequeño es el mundo y a que manos han ido a parar simbolismos que tanto me marcan.